miércoles 18 de noviembre de 2009
viernes 13 de noviembre de 2009
Reflexiones a la luz de un buen libro

Acabo de terminar la lectura de El fondo del cielo, la última novela de Rodrigo Fresán. Compleja, maravillosa, argentina. Un canto de amor a la ciencia ficción que comienza como roman à clef centralizada en la Edad de Oro y concluye como artefacto metanarrativo. Por el camino, un repaso nostálgico a las bondades del pasado del género y una atinada crítica a los defectos de su dubitativo presente interno. Este libro es, en cierto modo, una sonora bofetada para todo aquél (si aún quedara alguno) que mantenga que sólo se podrá ser un auténtico entendido si se vive o se ha hecho noche alguna vez en los dominios del aficionado, un rapapolvo para quienes crean, en su ignorancia, que las editoriales del género les deben el alma por ser ellos sus únicos clientes.
Hay vida ahí fuera, otro tipo de lectores, gente tan entendida en la historia y conceptos de la cf como lo pueda ser cualquier fandomita al uso. Fresán, de hecho, da un recital de conocimientos en las páginas de este libro, poniendo en boca de sus personajes muchas de las últimas cuestiones a debate en los foros de internet. Ballard, Lovecraft, Clarke, Dick, incluso Loriga, personajes y pedazos de la breve historia del género, trasuntados o citados directamente, campan a sus anchas por las páginas de una novela que, elaborada mediante un estilo ni fácil ni complaciente, exhibe un fondo tan profundo como el del cielo.
Cerradas sus páginas, me he lanzado raudo a buscar otras opiniones en la Red, ya saben, para confrontar pareceres y hurgar un poco en las mentes de los otros lectores. Poco hay aún, pero aquí he encontrado una apreciación que me ha conducido, por caminos diferentes a los que pretendía, hacia una reflexión al margen del libro mismo. En la web La periódica revisión dominical , dentro del párrafo que cierra la reseña, destaca esta parte del texto:
Y automáticamente he pensado: se equivoca. El chaval se llama Isaac, es judio, vive en Brooklyn (no en Newark), lee ciencia ficción y va con un tal Ezra a las reuniones de los Futurianos. Así, blanco, en botella. Cierto, lo que parece sugerirse no es exactamente que los dos genios judíos se correspondan con los personajes escondidos dentro de los protagonistas, sino que en su creación quizás hayan estado ambos presentes de algún modo. Sabiendo esto, he pensado que ni aún así, que esa presunción parte de alguien al que le faltan datos, que carece del background que reclama una novela que se sumerge en reconocidos episodios históricos de la ciencia ficción. Eso es lo que he pensado en un principio y luego rectificado.
Hace tiempo que escribo críticas, reseñas, textos o como quieran ustedes llamarlos sobre libros que he ido leyendo, la mayoría de ellos, pura anécdota para el caso, de ciencia ficción. Con los años he adquirido, supongo que como todos los que las escriben, mis propias ideas sobre crítica literaria. Me sitúo muy próximo en algunos puntos a los conceptos del new criticism y, en resumen, creo que un libro se explica por sí solo, independiente a las intenciones del autor o a otros factores externos. Estos pueden ser considerados, y pueden, también, no ser considerados. Es decir, que esa interpretación que apuesta por Bellow/Roth pudiera ser tan correcta como la mía, que lo hace no sólo por Asimov, sino también por su contexto.
Fresán incluye una coda final en el libro en la cual enumera la lista de referencias sobre las que está construida la historia. En esa larga lista no están incluidos ni Roth ni Bellow. Aunque, por otra parte, nadie que haya seguido las reseñas y artículos escritos por Fresán a lo largo de los años podría negar su debilidad por ambos autores, así que nunca sabremos la influencia consciente o inconsciente que éstos hayan podido tener en la creación de los protagonistas de este libro. Porque, tal como señala J. M. Coetzee en la crítica que escribió sobre La conjura contra América, la gran ucronía escrita, precisamente, por Philip Roth:
Así pues, ¿cómo quitarle la razón?
Sea como fuere, lean este libro. Si de principio les cuesta, peléenlo. Si son aficionados a la ciencia ficción no se arrepentirán.
Hay vida ahí fuera, otro tipo de lectores, gente tan entendida en la historia y conceptos de la cf como lo pueda ser cualquier fandomita al uso. Fresán, de hecho, da un recital de conocimientos en las páginas de este libro, poniendo en boca de sus personajes muchas de las últimas cuestiones a debate en los foros de internet. Ballard, Lovecraft, Clarke, Dick, incluso Loriga, personajes y pedazos de la breve historia del género, trasuntados o citados directamente, campan a sus anchas por las páginas de una novela que, elaborada mediante un estilo ni fácil ni complaciente, exhibe un fondo tan profundo como el del cielo.
Cerradas sus páginas, me he lanzado raudo a buscar otras opiniones en la Red, ya saben, para confrontar pareceres y hurgar un poco en las mentes de los otros lectores. Poco hay aún, pero aquí he encontrado una apreciación que me ha conducido, por caminos diferentes a los que pretendía, hacia una reflexión al margen del libro mismo. En la web La periódica revisión dominical , dentro del párrafo que cierra la reseña, destaca esta parte del texto:
Es cierto que el escritor argentino se nutre de múltiples influencias (imposible no pensar en, por ejemplo, Roth o Bellow cuando se narra en la primera parte la historia de estos dos primos judíos, y más cuando se relata la historia de la muerte del padre de Isaac), pero (...)
Y automáticamente he pensado: se equivoca. El chaval se llama Isaac, es judio, vive en Brooklyn (no en Newark), lee ciencia ficción y va con un tal Ezra a las reuniones de los Futurianos. Así, blanco, en botella. Cierto, lo que parece sugerirse no es exactamente que los dos genios judíos se correspondan con los personajes escondidos dentro de los protagonistas, sino que en su creación quizás hayan estado ambos presentes de algún modo. Sabiendo esto, he pensado que ni aún así, que esa presunción parte de alguien al que le faltan datos, que carece del background que reclama una novela que se sumerge en reconocidos episodios históricos de la ciencia ficción. Eso es lo que he pensado en un principio y luego rectificado.
Hace tiempo que escribo críticas, reseñas, textos o como quieran ustedes llamarlos sobre libros que he ido leyendo, la mayoría de ellos, pura anécdota para el caso, de ciencia ficción. Con los años he adquirido, supongo que como todos los que las escriben, mis propias ideas sobre crítica literaria. Me sitúo muy próximo en algunos puntos a los conceptos del new criticism y, en resumen, creo que un libro se explica por sí solo, independiente a las intenciones del autor o a otros factores externos. Estos pueden ser considerados, y pueden, también, no ser considerados. Es decir, que esa interpretación que apuesta por Bellow/Roth pudiera ser tan correcta como la mía, que lo hace no sólo por Asimov, sino también por su contexto.
Fresán incluye una coda final en el libro en la cual enumera la lista de referencias sobre las que está construida la historia. En esa larga lista no están incluidos ni Roth ni Bellow. Aunque, por otra parte, nadie que haya seguido las reseñas y artículos escritos por Fresán a lo largo de los años podría negar su debilidad por ambos autores, así que nunca sabremos la influencia consciente o inconsciente que éstos hayan podido tener en la creación de los protagonistas de este libro. Porque, tal como señala J. M. Coetzee en la crítica que escribió sobre La conjura contra América, la gran ucronía escrita, precisamente, por Philip Roth:
De todas maneras, un novelista tan experimentado como Roth sabe que las historias que nos disponemos a escribir a veces comienzan a escribirse solas, después de lo cual su verdad o falsedad quedan fuera de nuestras manos y las declaraciones de intenciones de los autores no tienen ninguna relevancia. Más aún, una vez que un libro se lanza al mundo se convierte en propiedad de sus lectores, quienes, a la mínima oportunidad, alterarán su significado de acuerdo a sus propios preconceptos y deseos.
Así pues, ¿cómo quitarle la razón?
Sea como fuere, lean este libro. Si de principio les cuesta, peléenlo. Si son aficionados a la ciencia ficción no se arrepentirán.
jueves 12 de noviembre de 2009
Pellizcos
Esta no es una novela de ciencia-ficción, pero sí se nutre de la ciencia-ficción y de mi amor por un género al que, como lector, llegué temprano y del que no me iré hasta el final.
-Rodrigo Fresán-
-Rodrigo Fresán-
martes 10 de noviembre de 2009
William Gibson. Mundo espejo
Dos años hemos tenido que esperar los seguidores de William Gibson a que alguna editorial española se decidiera a volcar a nuestra lengua su última obra, Spook Country. Al final no ha sido Minotauro, su editorial de siempre en castellano, sino Ediciones Urano, dentro de Plata Negra, filial dedicada al noir, la que ha publicado la novela con traducción de Rafael Marín. País de espías -así la han titulado- pertenece, como todas las novelas escritas por Gibson, a una trilogía temática, en este caso anclada en una realidad que va apenas unas décimas de segundo por delante de la nuestra. Esta última serie, que carece aún de nombre y en cuya mitad se sitúa el nuevo volumen, comenzó con Mundo espejo, una gran novela a la que dediqué en su día la reseña que tienen ustedes a continuación, cuyo título es Días del futuro pasado.
Durante el primer lustro de los ochenta, William Gibson previó el futuro. La serie de cuentos del Sprawl, que culminaría en formato largo con la seminal y germinal Neuromante, constituía un adelanto de lo que le esperaba al mundo en un futuro ultra cercano. Tras finalizar aquella visionaria serie de cuentos y novelas, fundadores oficiales del ciberpunk, Gibson inició un viaje temporal en sentido inverso, en dirección a nuestro presente. Mientras la realidad cotidiana avanzaba, la ficción contenida en sus nuevas creaciones literarias retrocedía. Era pues, inevitable, que ambas se encontrasen en esplendente colisión, evento que ha tenido lugar, al fin, en este Pattern Recognition, novela cuyo título ha sido (incorrectamente) reconvertido en su versión española como Mundo espejo.
Aunque podía presuponerse lo contrario, la huida hacia el presente no ha alejado a Gibson de la ciencia ficción. Su capacidad visionaria para encontrar la extrañeza en lo que nos rodea, representada con el poderío estilístico que caracteriza toda su obra, transmite al lector la misma sensación de futuro que en novelas anteriores. Su forma de describir el presente provoca la impresión de que se vive ya en el porvenir. En el presente especular de Gibson, la realidad tecnológica va por delante del hombre, crea nuevas actitudes sociales (como en el Japón moderno, rendido a ese consumismo que predijera Yasuo Tanaka en los ochenta) y propicia formas de pensar modernas edificadas sobre los desechos de las viejas fórmulas (como en la nueva Rusia). Así presenta Gibson a esos países, en los que sitúa a su protagonista Casey (auto homenaje evidente) Pollard, cazadora de tendencias que se gana la vida gracias a un don peculiar: Casey es capaz de reconocer las pautas que anuncian cambios en la moda —de nuevo nos hallamos ante el punto nodal gibsoniano— y distinguir si una nueva idea lanzada al mercado tendrá éxito o no. Como contrapartida, padece una extraña fobia a las marcas, una patología que la conduce a episodios repentinos de pánico ante la visión de populares iconos publicitarios (como, por ejemplo, el orondo muñeco de Michelín).
Casey es, sin duda, uno de los mayores aciertos de la novela. Provoca una formidable respuesta empática en el lector y, a pesar de su disfuncionalidad (o por ella), despierta la simpatía inmediata de todo aquel que
haya sufrido el acoso de la publicidad y el marketing actuales (es decir, de cualquier persona). La trama principal se asienta sobre la principal afición de Casey: el denominado metraje, los trozos sueltos de una película anónima que aparecen esporádicamente en distintos sitios de Internet. La obsesión por el metraje ha creado una corriente de seguidores a lo largo de toda la Red, y Casey es contratada por un magnate empresarial para encontrar a los creadores de lo que él considera la campaña de marketing de mayor éxito del nuevo siglo. A través de esa búsqueda, Gibson sitúa al lector en el mundo futurista actual. Lo hace mediante su estilo trabajado, detallista, hábil en la construcción atípica de las frases, inmediato gracias al uso que hace del tiempo narrativo en presente, que junto a la referencia continua a la cultura de marcas entronca con el mejor Brett Easton Ellis, aunque carente de su escabrosidad. Esa referencialidad comercial confiere una pátina de autenticidad necesaria a la trama sin la cual Mundo espejo perdería gran parte de su enfoque realista. En ese mismo afán, se incluyen referencias al 11 de septiembre, que carecen de gratuidad y aportan una sensación de tremendismo sin que, de ese modo, haga falta echar mano de la ficción.
Se trata, sin duda, de la obra más redonda de Gibson desde Neuromante. Sus novelas se han caracterizado generalmente por concederle una mayor importancia a la singladura que al desenlace. Los libros de Gibson se disfrutan por su original estilo literario, por su forma vanguardista de contar y ver nuestra realidad, y por la posibilidad que ofrece de poder circunnavegar, junto a él, parajes tecnológicos extraños y decadentes. Pero en esta ocasión, además, hay una culminación significativa que nos empuja a reflexionar sobre la importancia del arte en nuestra cultura posmoderna y la transformación a la que la han sometido la tecnología actual —con Internet a la cabeza— y la «nueva economía». La novela evalúa la importancia de la Red en nuestras vidas y en cómo está cambiando la cultura mundial, creando nuevas escalas de valores y formas de vida. Gibson se ha acercado esta vez al presente para mostrarnos la transformación de la conciencia social actual.
Mundo espejo ha supuesto todo un éxito para Gibson. Será llevada al cine próximamente, parece que con un presupuesto elevado. La crítica generalista norteamericana la ha cubierto de elogios, sin saber realmente dónde situarla: thriller tecnológico, mainstream vanguardista, obra pynchoniana o No Logo en clave de ficción... Epígrafes para todos los gustos. Lo cierto es que Gibson no es etiquetable y su ficción sigue creciendo. Cabría preguntarse por otro lado, si me permiten una reflexión tan anecdótica, si quienes le negaron a Neuromante la pertenencia a la ciencia ficción por las lagunas informáticas del autor calificarán Mundo espejo como obra hard por su rigurosa descripción de Internet y su funcionamiento.
Volviendo al libro, la editorial Minotauro, que ha editado en exclusiva toda la obra de Gibson en castellano, cambia por primera vez de traductor. Esto no es motivo de queja. Sí lo es el cambio de título, menos apropiado que el original. Pattern Recognition hace referencia a la habilidad de la protagonista, cuya profesión es el consabido reconocimiento de pautas o patrones. El nuevo título proviene de una cita de la novela que sólo se refiere al Reino Unido, donde transcurre un tercio de la acción y que, en opinión de Casey, es una distorsión especular de los EE.UU., y no del mundo, como pretende el texto de contraportada. No está prohibido cambiar un título cuando procede, pero sí es reprochable hacerlo innecesariamente, por criterios comerciales, como viene haciendo Minotauro en los últimos tiempos.
La versión original de esta reseña fue publicada en el nº 41 de la revista Gigamesh.
Durante el primer lustro de los ochenta, William Gibson previó el futuro. La serie de cuentos del Sprawl, que culminaría en formato largo con la seminal y germinal Neuromante, constituía un adelanto de lo que le esperaba al mundo en un futuro ultra cercano. Tras finalizar aquella visionaria serie de cuentos y novelas, fundadores oficiales del ciberpunk, Gibson inició un viaje temporal en sentido inverso, en dirección a nuestro presente. Mientras la realidad cotidiana avanzaba, la ficción contenida en sus nuevas creaciones literarias retrocedía. Era pues, inevitable, que ambas se encontrasen en esplendente colisión, evento que ha tenido lugar, al fin, en este Pattern Recognition, novela cuyo título ha sido (incorrectamente) reconvertido en su versión española como Mundo espejo.
Aunque podía presuponerse lo contrario, la huida hacia el presente no ha alejado a Gibson de la ciencia ficción. Su capacidad visionaria para encontrar la extrañeza en lo que nos rodea, representada con el poderío estilístico que caracteriza toda su obra, transmite al lector la misma sensación de futuro que en novelas anteriores. Su forma de describir el presente provoca la impresión de que se vive ya en el porvenir. En el presente especular de Gibson, la realidad tecnológica va por delante del hombre, crea nuevas actitudes sociales (como en el Japón moderno, rendido a ese consumismo que predijera Yasuo Tanaka en los ochenta) y propicia formas de pensar modernas edificadas sobre los desechos de las viejas fórmulas (como en la nueva Rusia). Así presenta Gibson a esos países, en los que sitúa a su protagonista Casey (auto homenaje evidente) Pollard, cazadora de tendencias que se gana la vida gracias a un don peculiar: Casey es capaz de reconocer las pautas que anuncian cambios en la moda —de nuevo nos hallamos ante el punto nodal gibsoniano— y distinguir si una nueva idea lanzada al mercado tendrá éxito o no. Como contrapartida, padece una extraña fobia a las marcas, una patología que la conduce a episodios repentinos de pánico ante la visión de populares iconos publicitarios (como, por ejemplo, el orondo muñeco de Michelín).
Casey es, sin duda, uno de los mayores aciertos de la novela. Provoca una formidable respuesta empática en el lector y, a pesar de su disfuncionalidad (o por ella), despierta la simpatía inmediata de todo aquel que
haya sufrido el acoso de la publicidad y el marketing actuales (es decir, de cualquier persona). La trama principal se asienta sobre la principal afición de Casey: el denominado metraje, los trozos sueltos de una película anónima que aparecen esporádicamente en distintos sitios de Internet. La obsesión por el metraje ha creado una corriente de seguidores a lo largo de toda la Red, y Casey es contratada por un magnate empresarial para encontrar a los creadores de lo que él considera la campaña de marketing de mayor éxito del nuevo siglo. A través de esa búsqueda, Gibson sitúa al lector en el mundo futurista actual. Lo hace mediante su estilo trabajado, detallista, hábil en la construcción atípica de las frases, inmediato gracias al uso que hace del tiempo narrativo en presente, que junto a la referencia continua a la cultura de marcas entronca con el mejor Brett Easton Ellis, aunque carente de su escabrosidad. Esa referencialidad comercial confiere una pátina de autenticidad necesaria a la trama sin la cual Mundo espejo perdería gran parte de su enfoque realista. En ese mismo afán, se incluyen referencias al 11 de septiembre, que carecen de gratuidad y aportan una sensación de tremendismo sin que, de ese modo, haga falta echar mano de la ficción.Se trata, sin duda, de la obra más redonda de Gibson desde Neuromante. Sus novelas se han caracterizado generalmente por concederle una mayor importancia a la singladura que al desenlace. Los libros de Gibson se disfrutan por su original estilo literario, por su forma vanguardista de contar y ver nuestra realidad, y por la posibilidad que ofrece de poder circunnavegar, junto a él, parajes tecnológicos extraños y decadentes. Pero en esta ocasión, además, hay una culminación significativa que nos empuja a reflexionar sobre la importancia del arte en nuestra cultura posmoderna y la transformación a la que la han sometido la tecnología actual —con Internet a la cabeza— y la «nueva economía». La novela evalúa la importancia de la Red en nuestras vidas y en cómo está cambiando la cultura mundial, creando nuevas escalas de valores y formas de vida. Gibson se ha acercado esta vez al presente para mostrarnos la transformación de la conciencia social actual.
Mundo espejo ha supuesto todo un éxito para Gibson. Será llevada al cine próximamente, parece que con un presupuesto elevado. La crítica generalista norteamericana la ha cubierto de elogios, sin saber realmente dónde situarla: thriller tecnológico, mainstream vanguardista, obra pynchoniana o No Logo en clave de ficción... Epígrafes para todos los gustos. Lo cierto es que Gibson no es etiquetable y su ficción sigue creciendo. Cabría preguntarse por otro lado, si me permiten una reflexión tan anecdótica, si quienes le negaron a Neuromante la pertenencia a la ciencia ficción por las lagunas informáticas del autor calificarán Mundo espejo como obra hard por su rigurosa descripción de Internet y su funcionamiento.
Volviendo al libro, la editorial Minotauro, que ha editado en exclusiva toda la obra de Gibson en castellano, cambia por primera vez de traductor. Esto no es motivo de queja. Sí lo es el cambio de título, menos apropiado que el original. Pattern Recognition hace referencia a la habilidad de la protagonista, cuya profesión es el consabido reconocimiento de pautas o patrones. El nuevo título proviene de una cita de la novela que sólo se refiere al Reino Unido, donde transcurre un tercio de la acción y que, en opinión de Casey, es una distorsión especular de los EE.UU., y no del mundo, como pretende el texto de contraportada. No está prohibido cambiar un título cuando procede, pero sí es reprochable hacerlo innecesariamente, por criterios comerciales, como viene haciendo Minotauro en los últimos tiempos.
La versión original de esta reseña fue publicada en el nº 41 de la revista Gigamesh.
miércoles 4 de noviembre de 2009
Imágenes de cf. II
Pensé en todos aquellos desperdicios, en los plásticos que se agitaban entre las ramas, en la interminable ristra de materias extrañas enganchadas entre los alambres de la valla, y entrecerré los ojos e imaginé que era el punto donde todas las cosas que había ido perdiendo desde la infancia habían arribado con el viento, y ahora estaba ante él, y si esperaba el tiempo necesario una diminuta figura aparecería en el horizonte, al otro extremo de los campos, y se iría haciendo más y más grande hasta que podría ver que era Tommy, que me hacía una seña, que incluso me llamaba.
lunes 2 de noviembre de 2009
Jorge Camacho. Al margen de pensamientos sobre la demolición de casas
Hace ya tiempo que debería de haber colgado en este espacio alguna de las piezas escritas por Jorge Camacho, consumado poeta y gran amigo mío desde la adolescencia. En la sección donde guardo los borradores duerme, casi desde los inicios, una entrada que pensaba dedicar a la reseña de Eklipsas y Saturno, las dos antologías bilingües en las que se recogen sus principales trabajos. Me temo que pasará aún más tiempo hasta que la despierte, así que ahí tienen, como adelanto, uno de sus poemas. Podría haber elegido cualquier otro, todos ellos brillantes, pero éste en concreto ilustra de modo magistral una vivencia mía reciente.
En ocasiones, la aflicción interna que genera el paso del tiempo no proviene del envejecimiento personal, sino del contraste. Del frío y ajeno contraste. Porque uno ya es otro, y sin embargo el río, revisitado tras muchos años, sigue siendo el mismo.
En ocasiones, la aflicción interna que genera el paso del tiempo no proviene del envejecimiento personal, sino del contraste. Del frío y ajeno contraste. Porque uno ya es otro, y sin embargo el río, revisitado tras muchos años, sigue siendo el mismo.

Al margen de pensamientos sobre la demolición de casas
(Me recuerdo, o lo recuerdo a él, con diez años
el día de la mudanza
a la nueva vivienda en la ciudad extraña,
esperando a que desembalen el sofá
para sentarse a leer de un tirón el libro escogido
de la caja recién llegada y recién abierta.
Con vaguedad
recuerdo al muchacho de diez años
que, absorto, lee “Cómo murieron Hitler y los suyos”
mientras muebles y enseres
ocupaban los espacios vacíos, vírgenes.
Y recuerdo también que, casi 30 años más tarde,
otro yo algo más curtido por la vida,
ambihuérfano y quizás más maduro,
volvió por última vez al mismo piso,
al de los padres, ya vendido,
sin enseres ni muebles,
frío y luminoso.
Como escribió Miguel Espinosa,
las historias principian realmente
por el final.
Es decir, sólo el segundo paréntesis
permite apreciar la sutil curvatura del primero.)
(Me recuerdo, o lo recuerdo a él, con diez años
el día de la mudanza
a la nueva vivienda en la ciudad extraña,
esperando a que desembalen el sofá
para sentarse a leer de un tirón el libro escogido
de la caja recién llegada y recién abierta.
Con vaguedad
recuerdo al muchacho de diez años
que, absorto, lee “Cómo murieron Hitler y los suyos”
mientras muebles y enseres
ocupaban los espacios vacíos, vírgenes.
Y recuerdo también que, casi 30 años más tarde,
otro yo algo más curtido por la vida,
ambihuérfano y quizás más maduro,
volvió por última vez al mismo piso,
al de los padres, ya vendido,
sin enseres ni muebles,
frío y luminoso.
Como escribió Miguel Espinosa,
las historias principian realmente
por el final.
Es decir, sólo el segundo paréntesis
permite apreciar la sutil curvatura del primero.)
Poema incluido en la antología Eklipsas.
sábado 31 de octubre de 2009
martes 27 de octubre de 2009
Imágenes de cf. I
Ni siquiera la extraordinaria potencia luminosa de la bengala fue capaz de iluminar la extensión completa de la enorme cavidad, pero al menos pudo ver lo suficiente para seguir la trayectoria y apreciar su titánica escala. Se encontraba en uno de los extremos de un cilindro hueco, de lo menos diez kilómetros de ancho y de largo indefinido. Desde su punto de vista en el eje central alcanzó a divisar tal cúmulo de detalles en las paredes curvas a su alrededor que su mente no pudo absorber más que una mínima fracción de ellos; estaba contemplando el paisaje de un mundo entero a favor del simple resplandor de un relámpago, e intentó con un deliberado esfuerzo de voluntad congelar la imagen en su mente.
viernes 23 de octubre de 2009
Errare humanum est?
Hay libros que se adquieren por error. Hasta el lector más bregado puede caer en él cuando se es presa de un cruce de informaciones equívocas. A la mayoría de ustedes, librófagos empedernidos, les sonará esto, pero ya que siempre hay algún comprador infalible entre el público, ahí va un ejemplo aclaratorio. Está, como suele avisarse en esos aterradores telefilmes de sobremesa que tratan sobre familias destrozadas, basado en hechos reales.
Nunca me he considerado un intolerante a la hora de consumir, o incluso devorar, productos artísticos y culturales. Soy muy ecléctico, y eso siempre es un garante de comprensión y respeto al prójimo. Entiendo que haya gustos distintos porque a mí también me gustan cosas muy diferentes, que a veces se encuentran en extremos diametralmente opuestos del espectro cualitativo. Sin embargo, una cosa muy distinta es la valoración objetiva de ese producto que te gusta. Por decirlo de algún modo, siempre entenderé la afición por la basura; lo que no admitiré de ningún modo es que, para dignificar ese gusto propio, luego se niegue que la basura sea tal cosa. El gusto es subjetivo, la calidad intrínseca de una obra de arte no lo es. Si te gusta la basura, te gusta la basura. Así, sin complejos, pero siendo siempre consciente de que se trata, al fin y al cabo, de basura.
Bien, dejemos de divagar. ¿A qué viene realmente todo esto? Pues verán, tengo, como mucha gente, afición por ese tipo de cine denominado palomitero. Sé valorar, tanto en un libro como en un filme, el factor entretenimiento en su justa medida. Al fin y al cabo, se lee y se va al cine para divertirse, aunque luego esa diversión provenga, dependiendo de cada cual, del ámbito intelectual o del puro aspecto lúdico. En el segundo de los casos, mi campeón se llama Roland Emmerich, artífice de esos desaforados blockbusters titulados Godzilla, Independence Day y El día de mañana. Me pirran esas superproducciones catastrofistas, apocalípticas, definitivas, repletas de efectos digitales y destrucción a mansalva. Esa es la razón por la que espero con cierta ansiedad el estreno en nuestros cines de 2012, la última megaproducción dirigida por el alemán. Más despúes de ver el espectacular trailer promocional.
Nunca me he considerado un intolerante a la hora de consumir, o incluso devorar, productos artísticos y culturales. Soy muy ecléctico, y eso siempre es un garante de comprensión y respeto al prójimo. Entiendo que haya gustos distintos porque a mí también me gustan cosas muy diferentes, que a veces se encuentran en extremos diametralmente opuestos del espectro cualitativo. Sin embargo, una cosa muy distinta es la valoración objetiva de ese producto que te gusta. Por decirlo de algún modo, siempre entenderé la afición por la basura; lo que no admitiré de ningún modo es que, para dignificar ese gusto propio, luego se niegue que la basura sea tal cosa. El gusto es subjetivo, la calidad intrínseca de una obra de arte no lo es. Si te gusta la basura, te gusta la basura. Así, sin complejos, pero siendo siempre consciente de que se trata, al fin y al cabo, de basura.
Bien, dejemos de divagar. ¿A qué viene realmente todo esto? Pues verán, tengo, como mucha gente, afición por ese tipo de cine denominado palomitero. Sé valorar, tanto en un libro como en un filme, el factor entretenimiento en su justa medida. Al fin y al cabo, se lee y se va al cine para divertirse, aunque luego esa diversión provenga, dependiendo de cada cual, del ámbito intelectual o del puro aspecto lúdico. En el segundo de los casos, mi campeón se llama Roland Emmerich, artífice de esos desaforados blockbusters titulados Godzilla, Independence Day y El día de mañana. Me pirran esas superproducciones catastrofistas, apocalípticas, definitivas, repletas de efectos digitales y destrucción a mansalva. Esa es la razón por la que espero con cierta ansiedad el estreno en nuestros cines de 2012, la última megaproducción dirigida por el alemán. Más despúes de ver el espectacular trailer promocional.
Pues bien, el anuncio de este tour de force de lo cataclísmico ha sido el desencadenante de mi error. El guión de la anterior producción de Emmerich, El día de mañana (The Day After Tomorrow), estaba inspirado en el libro The Comming Global Superstorm, escrito a cuatro manos por Art Bell y Whitley Strieber, quien luego, en solitario, se encargaría de realizar la adaptación literaria de la película. El año pasado, la editorial Minotauro tradujo al español una novela de Strieber titulada 2012, The War for Souls, y la publicó como 2012, a secas. La asociación fue para mí inmediata. En cuanto conocí el proyecto de Emmerich, deduje que se trataba de una nueva colaboración, y corrí a hacerme con el libro. Craso error: la película cuenta con un guión original y no se basa en libro alguno. De hecho, la adaptación que yo buscaba pertenece a otro proyecto, de momento cancelado. Iba ser realizada por Michael Bay respetando su título original, War for Souls, hasta que Emmerich se le adelantó.
Me reprocharán ustedes, y con razón, que no indagara, que no recolectara datos sobre la veracidad de esa posible adaptación. Debería de haber investigado, haber buscado en sitios bien informados de internet la confirmación de mis poco fundamentadas sospechas. Y más teniendo en cuenta que la fiebre por el 2012, año en que todo finalizará según los mayas, compite con los mismísimos Larsson o Hipatia en volúmenes y títulos en nuestras librerías. Comparto todos esos reproches desde el mismo momento en que me di cuenta de mi error. Es cierto que el retoque en el título por parte de la editorial puede llamar un poco a engaño, pero no, debería haberlo comprobado, haber ido a la fuente misma. Y la verdad es que, ahora que lo pienso...
Ahora que lo pienso, resulta que sí lo hice.
Si entran ustedes en la web de Scyla, diseñada por Planeta Ad Network para Timun Mas y Minotauro, las dos filiales dedicadas a la literatura fantástica, podrán contemplar la misma (des)información que me condujo a mí al error y me impidió cotejarlo. Al fin y al cabo, si la misma editorial que ha sacado el libro te dice que en éste se encuentra el origen de cierta película, tú no lo pones en duda. Sería una enorme equivocación si no fuera cierto, ¿no? Podría incluso ser catalogado de maniobra intencionada para ganar lectores. Más si sumamos la información complementaria, como la insólita entrevista realizada a Amanda Peet.
La página
La entrevista
Si entran ustedes en la web de Scyla, diseñada por Planeta Ad Network para Timun Mas y Minotauro, las dos filiales dedicadas a la literatura fantástica, podrán contemplar la misma (des)información que me condujo a mí al error y me impidió cotejarlo. Al fin y al cabo, si la misma editorial que ha sacado el libro te dice que en éste se encuentra el origen de cierta película, tú no lo pones en duda. Sería una enorme equivocación si no fuera cierto, ¿no? Podría incluso ser catalogado de maniobra intencionada para ganar lectores. Más si sumamos la información complementaria, como la insólita entrevista realizada a Amanda Peet.
La página
La entrevista
Sí, no es su ordenador, no se preocupen: el equivocado trailer insertado en esa equivocada página tampoco funciona. He de aclarar, antes de nada, que no pienso que haya habido mala fe, sino chapuza. El guión de Emmerich trata del apocalipsis maya, se titula 2012 e incluye universos paralelos*. Si Strieber podría acusarlo de plagio, es otra cuestión, pero para evitar errores propiciados por este tipo de semejanzas está el trabajo profesional. Tras haber asumido desde la perplejidad asuntos como el del quinto volumen de los Cuentos completos de Dick, o el de la página de El prestigio, al que me referí hace tiempo, ya no me sorprende absolutamente nada de lo que provenga de esta editorial, antaño la más distinguida de entre las dedicadas a la ciencia ficción en este país. Ya ni siquiera hay que profundizar en el producto, en los libros, en la nueva línea editorial y su giro hacia lo magufo. No hace falta, se ve desde fuera. Estos detalles de "profesionalidad" retratan a una empresa.
Esta vez el coste personal ha sido cuantioso: tiempo invertido en un libro que nunca pretendí leer. En breve podrán echarle un ojo a la reseña. Como adelanto les diré que hay ocasiones en las que un error da como resultado un placer inesperado. Esta no ha sido una de ellas.
* Recién llegado de ver la película, a día 15 de noviembre, me he percatado, a pesar de que en algunos sitios norteamericanos así estaba reseñado, de que no hay presencia de universo alternativo alguno en el guión de la película, con lo que la confusión adquiere ya tintes tan apocalípticos como los de la película.
jueves 15 de octubre de 2009
Eduardo Vaquerizo. La última noche de Hipatia
A nadie se le escapa a estas alturas que el mundo del libro es, antes que nada y ahora más que nunca, un negocio. No se hacen extrañas, por ello, las maniobras editoriales que suelen gestarse en torno al último fenómeno social, sea éste real o mediático, ni tampoco las aglomeraciones en las librerías de títulos dedicados a un mismo tema, a algún evento reciente o por llegar, de presumible impacto y con capacidad para arrastrar a un gran número de compradores a las tiendas. El consumidor tipo de esta fiebre coyuntural es, además, un cliente fácil. Exige poco en lo literario, pues lo que realmente busca en el libro es profundizar en ese tema concreto que le ha empujado a la lectura. Quiere que le cuenten una historia basada en eso que tanto ha captado su atención, quiere que sea amena, entretenida y, sobre todo, que no se le exijan esfuerzos. Es decir, quiere un best-seller, y las editoriales, por supuesto, corren a satisfacerle con gusto.

Sucede que, entre tanto libro cortado por el mismo patrón, a veces se puede encontrar alguno que huye de lo convencional, que da una visión distinta, más arriesgada. Acabamos de asistir a la "fiebre Hipatia" (decir hipática sería colocarse demasiado cerca de la malsonancia) provocada por el estreno de Ágora, la película que Alejandro Amenábar ha centralizado en su figura histórica. En menos de un mes ha aparecido más de una decena de libros dedicados a ella. Si ustedes buscan uno distinto, diferente, acabarán por toparse con La última noche de Hipatia, de Eduardo Vaquerizo. No se trata de algo casual, ya que no estamos ante la típica novela de encargo al uso. Su origen se encuentra en un relato algo más corto escrito ya hace algunos años, uno de esos proyectos que todo escritor deja reposar en el cajón en espera del momento oportuno.
Las principales características que hacen de Hipatia un personaje fascinante son dos: su condición de mujer en el mundo antiguo (fue uno de los grandes iconos para la revolución feminista del pasado siglo) y su posición como baluarte de la ciencia y el conocimiento en un momento crítico de la Historia. Vaquerizo ha cruzado de puntillas por encima del primer asunto para centrarse en el segundo. Aunque no descuida al personaje, muestra una mayor querencia hacia el contexto histórico y ese crisol de culturas y religiones que fue la ciudad de Alejandría. Acomete la narración poniendo el acento en lo personal, podría decirse que casi desde el intimismo. Su acercamiento a la historia, por tanto, se aleja radicalmente del propuesto por los escritores de best-sellers.
El escritor madrileño renuncia a la parafernalia externa, al alboroto de las calles, a la pirotecnia y la acción, para emplearse a fondo en la descripción del mundo interior de los diversos personajes. Con ello busca proporcionar al lector una inmersión distinta, de corte más personal, en el pasado alejandrino. Utiliza a cuatro de esos personajes, los tres mejor situados en aquellos sucesos más la protagonista, para mostrar al lector, desde sus respectivas miradas, la suma de factores que condujo a los violentos hechos históricos. Vaquerizo cuenta con ventajas a su favor para conseguir su objetivo, la mayor de ellas, sin duda, su sugerente prosa. Muestra un gran dominio del vocabulario antiguo, y sabe aplicarlo espléndidamente dentro de un tono melancólico y fatalista que realza el contexto histórico y adereza la singladura del lector con tonos ocres.
La calidad de la prosa se vale por sí misma para combatir uno de los puntos más arriesgados de la narración, uno que imaginarán por ya haber sido mencionado. Y es que la falta de momentos de acción en la trama obliga al imperante discurso introspectivo a tirar del carro. Debido a esto, la sensación de relato alargado se hace evidente en ocasiones, aunque no llega a pesar nunca debido al atractivo que, sin interrupción, dimana de la buena escritura del autor.
La potente, evocadora prosa de Vaquerizo, plena de eufónicas comparaciones e imaginativas metáforas, lleva en volandas al relato por sí misma. Sin embargo, es también causa de una debilidad puntual. La decisión de utilizar como vehículo de la narración los pensamientos de cuatro de sus personajes conlleva un gran riesgo. No estructural, sino estilístico. El prefecto Orestes, el fanático Cirilo, la mismísima Hipatia y Marta, la viajera temporal, se expresan en primera persona. Y lo hacen con una sola voz, con la misma voz. Paradójicamente, la fuerte personalidad estilística resalta este defecto y lo hace más notorio.
Lo que salva sin complicaciones el autor es la discontinuidad cronológica, esa misma que impide al filme de Amenábar ser una obra redonda. Allí donde el director decide partir su película con la interposición de un breve texto aclaratorio, el escritor recurre a una solución propia de la ficción histórica. Como hiciera Thornton Wilder en Los Idus de Marzo, Vaquerizo opta por la libertad de creación, y salva los años que separan la toma de la Biblioteca y la muerte de Hipatia anulándolos.
Fusiona ambos hechos e informa de ello en una nota final en la que menciona a Carl Sagan, inspirador también, no por casualidad, del realizador de Ágora.
Mencionado Sagan, hay que recordar también a todo aquél que no haya querido leer el pequeño texto en la cubierta del libro, que La última noche de Hipatia es una novela de ciencia ficción, y con una larga tradición detrás de ella además. A medio camino entre La patrulla del tiempo, de Poul Anderson, y El libro del día del juicio final, de Connie Willis (y para quien prefiera otro tipo de referentes, ahí está Caballo de Troya, de J. J. Benítez), cuenta con una protagonista de nuestra propia época que decide ingresar, más o menos voluntariamente, en una suerte de agencia temporal para viajar a un punto decisivo del pasado. El carácter introvertido de la protagonista casa perfectamente con el tipo de narración, y el artificio del agente temporal engrosa esa característica de novela diferente, pues la identificación del lector siempre es más fácil con un personaje de la propia época.
También pertenece a la cf el cuento titulado Habítame y que el tiempo me hiele, incluido en el volumen como complemento de la novela, detalle pertinente, pues comparte universo y personajes con ella. Se trata de una breve pieza publicada hace años, que empieza mejor que acaba y que contiene una idea francamente interesante. Según el autor, constituye un raro fix-up (por el número de historias: dos), y añade otro toque muy particular a un libro que, desde luego, es diferente al resto de los publicados con motivo del relanzamiento cinematográfico de Hipatia.

Sucede que, entre tanto libro cortado por el mismo patrón, a veces se puede encontrar alguno que huye de lo convencional, que da una visión distinta, más arriesgada. Acabamos de asistir a la "fiebre Hipatia" (decir hipática sería colocarse demasiado cerca de la malsonancia) provocada por el estreno de Ágora, la película que Alejandro Amenábar ha centralizado en su figura histórica. En menos de un mes ha aparecido más de una decena de libros dedicados a ella. Si ustedes buscan uno distinto, diferente, acabarán por toparse con La última noche de Hipatia, de Eduardo Vaquerizo. No se trata de algo casual, ya que no estamos ante la típica novela de encargo al uso. Su origen se encuentra en un relato algo más corto escrito ya hace algunos años, uno de esos proyectos que todo escritor deja reposar en el cajón en espera del momento oportuno.
Alejandría, siglo IV de nuestra era. La ciudad se ve sacudida por los vientos de la historia. La tradición helenística de sabiduría y razón se encuentra amenazada por el nuevo poder de la Iglesia.
Hipatia, filósofa y matemática, amada por todos en la ciudad, es la responsable de la Biblioteca, último baluarte de la ciencia. Cuando un nuevo discípulo que dice venir de tierras lejanas se presenta ante ella, la inteligente Hipatia advierte enseguida que oculta un secreto. En efecto, se trata de alguien que ha recorrido los abismos del tiempo para encontrarla... y tal vez salvarla.
Las principales características que hacen de Hipatia un personaje fascinante son dos: su condición de mujer en el mundo antiguo (fue uno de los grandes iconos para la revolución feminista del pasado siglo) y su posición como baluarte de la ciencia y el conocimiento en un momento crítico de la Historia. Vaquerizo ha cruzado de puntillas por encima del primer asunto para centrarse en el segundo. Aunque no descuida al personaje, muestra una mayor querencia hacia el contexto histórico y ese crisol de culturas y religiones que fue la ciudad de Alejandría. Acomete la narración poniendo el acento en lo personal, podría decirse que casi desde el intimismo. Su acercamiento a la historia, por tanto, se aleja radicalmente del propuesto por los escritores de best-sellers.
El escritor madrileño renuncia a la parafernalia externa, al alboroto de las calles, a la pirotecnia y la acción, para emplearse a fondo en la descripción del mundo interior de los diversos personajes. Con ello busca proporcionar al lector una inmersión distinta, de corte más personal, en el pasado alejandrino. Utiliza a cuatro de esos personajes, los tres mejor situados en aquellos sucesos más la protagonista, para mostrar al lector, desde sus respectivas miradas, la suma de factores que condujo a los violentos hechos históricos. Vaquerizo cuenta con ventajas a su favor para conseguir su objetivo, la mayor de ellas, sin duda, su sugerente prosa. Muestra un gran dominio del vocabulario antiguo, y sabe aplicarlo espléndidamente dentro de un tono melancólico y fatalista que realza el contexto histórico y adereza la singladura del lector con tonos ocres.
La calidad de la prosa se vale por sí misma para combatir uno de los puntos más arriesgados de la narración, uno que imaginarán por ya haber sido mencionado. Y es que la falta de momentos de acción en la trama obliga al imperante discurso introspectivo a tirar del carro. Debido a esto, la sensación de relato alargado se hace evidente en ocasiones, aunque no llega a pesar nunca debido al atractivo que, sin interrupción, dimana de la buena escritura del autor.
Ahora mi paisaje es por siempre el verano infinito de Alejandría, el gañir de las gaviotas al anochecer mientras la luz muere en el olor del aceite de los candiles, y la brisa marina sopla fresca, arrastrando las miasmas del calor diurno. En ese paisaje vive ella, sumergida en ese aceite de tiempo, vieja piedra y sensaciones atemporales.
La potente, evocadora prosa de Vaquerizo, plena de eufónicas comparaciones e imaginativas metáforas, lleva en volandas al relato por sí misma. Sin embargo, es también causa de una debilidad puntual. La decisión de utilizar como vehículo de la narración los pensamientos de cuatro de sus personajes conlleva un gran riesgo. No estructural, sino estilístico. El prefecto Orestes, el fanático Cirilo, la mismísima Hipatia y Marta, la viajera temporal, se expresan en primera persona. Y lo hacen con una sola voz, con la misma voz. Paradójicamente, la fuerte personalidad estilística resalta este defecto y lo hace más notorio.
Lo que salva sin complicaciones el autor es la discontinuidad cronológica, esa misma que impide al filme de Amenábar ser una obra redonda. Allí donde el director decide partir su película con la interposición de un breve texto aclaratorio, el escritor recurre a una solución propia de la ficción histórica. Como hiciera Thornton Wilder en Los Idus de Marzo, Vaquerizo opta por la libertad de creación, y salva los años que separan la toma de la Biblioteca y la muerte de Hipatia anulándolos.
Fusiona ambos hechos e informa de ello en una nota final en la que menciona a Carl Sagan, inspirador también, no por casualidad, del realizador de Ágora.Mencionado Sagan, hay que recordar también a todo aquél que no haya querido leer el pequeño texto en la cubierta del libro, que La última noche de Hipatia es una novela de ciencia ficción, y con una larga tradición detrás de ella además. A medio camino entre La patrulla del tiempo, de Poul Anderson, y El libro del día del juicio final, de Connie Willis (y para quien prefiera otro tipo de referentes, ahí está Caballo de Troya, de J. J. Benítez), cuenta con una protagonista de nuestra propia época que decide ingresar, más o menos voluntariamente, en una suerte de agencia temporal para viajar a un punto decisivo del pasado. El carácter introvertido de la protagonista casa perfectamente con el tipo de narración, y el artificio del agente temporal engrosa esa característica de novela diferente, pues la identificación del lector siempre es más fácil con un personaje de la propia época.
También pertenece a la cf el cuento titulado Habítame y que el tiempo me hiele, incluido en el volumen como complemento de la novela, detalle pertinente, pues comparte universo y personajes con ella. Se trata de una breve pieza publicada hace años, que empieza mejor que acaba y que contiene una idea francamente interesante. Según el autor, constituye un raro fix-up (por el número de historias: dos), y añade otro toque muy particular a un libro que, desde luego, es diferente al resto de los publicados con motivo del relanzamiento cinematográfico de Hipatia.





